Un suelo de exterior debe ser duradero, resistente frente a la acción del sol, la lluvia e incluso las heladas. Pero, además, es imprescindible tener en cuenta cuestiones como el mantenimiento y, por supuesto, otras características como que el material evite resbalones en zonas húmedas, como las piscinas.

 

Pavimentos antideslizantes. Los pavimentos de exterior suelen mojarse con frecuencia, lo que aumenta la probabilidad de caídas por resbalones. Un pavimento con prestaciones antideslizantes evitará estos riesgos.

En todo caso, las texturas antideslizantes son propensas a acumular suciedad con mayor facilidad que otros acabados. Se recomiendan colores intermedios (los grises suelen ser los más comunes), con cierta trama o diseño. Además, la textura elegida debería soportar la acción de sistemas de limpieza mecánicos de forma puntual.

Acabados. Existen multitud de acabados para el recubrimiento de suelos exteriores. Los más usuales suelen ser los acabados que emulan los suelos de madera, las piedras naturales o las superficies de cemento continuo.

 

Tarimas de Madera. Elegantes, cálidos y muy confortables a la pisada, los suelos de madera son una de las opciones más decorativas para los exteriores, aunque hay que tener en cuenta que requieren un mantenimiento periódico, ya que la madera es un material vivo que va cambiando su aspecto con el tiempo y, para mantenerlo como el primer día, hay que aplicarle tratamientos protectores.
Existen diferentes tipos de maderas entre los que elegir. Los suelos más económicos son los de madera de pino, una variedad abundante aunque mucho más blanda que las tropicales, que son las más indicadas para su uso en exterior.

La instalación de los suelos de madera en exteriores puede realizarse mediante lamas que formen tarimas o con baldosas.
Las baldosas son muy fáciles de instalar, ya que vienen con una base plástica que hay que ir colocando a modo de puzzle, siguiendo el sentido de las lamas. Gracias a esa base plástica, ya queda directamente elevado y separado del suelo. La clave, tanto para un suelo de baldosas como para una tarima, es que la base esté bien nivelada.

En el caso de las piscinas, los más aconsejables son los de maderas tropicales, más preparadas para soportar la humedad.

La colocación en forma de tarima es un poco más compleja. Igualmente, hay que asegurar una base nivelada y lisa y, sobre ésta, colocar rastreles como soportes para que la madera no toque directamente el suelo.

“Se colocan los rastreles con una distancia regular y se atornillan grapas especiales sobre las que se ajustarán las lamas. Se debe dejar un espacio entre cada una de estas últimas, para que no haya problemas con la dilatación de la madera y la presión haga que se levanten las lamas”, continúa.

Lo más tedioso de los suelos de madera es su mantenimiento. Todos ellos deben fregarse habitualmente con agua y jabón neutro. Tanto las maderas de pino como las exóticas deben tratarse con productos específicos dos veces al año.

Es interesante elegir los productos de tratamiento teniendo en cuenta a qué condiciones se enfrenta la madera: si es necesario algo para climas extremos, si lo que se quiere es aportar color que se ha ido con el sol… Asimismo, sobre el suelo de madera no se recomienda utilizar un limpiador de alta presión para su limpieza.